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El "Chopo" es un lugar que a sus casi 29 años de existencia sigue contando historias sabado a sabado, algunas contando los sucesos personales y otras las de la vida misma del tianguis, de boca en boca agregando o quitando cosas, no hay nada como el relato de quien ha vivido en carne propia, la vida y experiencias del tianguis, es por ello que compartimos con ustedes la historia del Tianguis Cultural del Chopo contada por el compañero Abraham Rios Manzano extraida de su libro "Una larga jornada", el cual podras encontrar dentro del Tianguis.

 

Sábado a sábado, desde hace 25 años, un ritual tiene lugar. Desde diferentes puntos de la ciudad, ataviados con sus mejores galas, deseosos de encontrar lo ultimo de la vanguardia musical, ávidos de la información rockera, de las rarezas discográficas y los diseños estampados en camisetas, concurre la banda, los rockeros, al Tianguis Cultural del Chopo.
Indumentarias negras a pleno sol, cabezas rapadas y pelos estilizados al máximo, pieles ilustradas y orejas metalicas, mezclilla y cuero. Las diferentes generaciones acuden con un solo fin, el rock y su parafernalia.
Los pasillos del tianguis se empiezan a llenar, alguien pregunta por una banda de death metal, otro encuentra el disco anhelado desde los setenta, aquel levanta un libro de lovecraft. Cada uno, a su manera, surge al ritual sabatino.
Los vendedores instalan rápidamente sus puestos, los coleccionistas afilan cuchillos para el regateo, la gente pulula, el sol cae a plomo. Un dark hace evocar las películas de la Hammer, los punketas se aferran al look sexpistolero, los artesanos mantienen su perfil sesentero. Rastas y grungeros, jipis y metaleros, todos juntos a la vez sin importar edad e ideología, hacen que solo el gusto musical prevalezca.  El estoperol y el encaje no disputan entre si, la música los han juntado, reúne a los iguales y a los diferentes.

Los volantes empiezan su circulación, un mega concierto en el palacio de los deportes, rock urbano en la periferia. ¿Quieres informarte?, los sábados en Aldama. El click de una cámara inmortaliza el tatuaje, periodistas y estudiantes hacen las mismas pregunta, la seguridad chopera crea al unisonó un coro de rechazo, mientras los mas enfermizos discuten sobre el color original de la etiqueta del disco.
Cada quien hace su chopo y todos juntos cual verso beatlero, logran hacer una ves mas, el tianguis rockero, el Tianguis del Chopo.
 

La cerrazón y el conservadurismo de la época, de la derecha e izquierda políticas, de la familia y el estado, también de empresarios y promotores, sepultaron durante décadas las iniciativas de difusión, creación y cimentación de las propuestas juveniles y a todo lo que oliera a cuestionamiento o alternativa cultural. La fuerza del Estado y la docilidad empresarial (recompensada con creces por si obediencia), cerraron filas para combatir el embate juvenil.
En este desierto, la convocatoria hecha por el Museo Universitario del Chopo, en la segunda mitad de 1980 para reunir en su espacio a músicos, coleccionistas, productores y toda la banda interesada en el rock, jazz y sonidos afines, para intercambiar, distribuir y vender discos y lo relacionado con la música, tendría por fuerza que entusiasmar a los jóvenes rockeros de la Ciudad de México de principios de los ochenta.
El sábado 4 de octubre de 1980, un recinto de la UNAM, el Museo Universitario del Chopo abrió sus puertas a una singular actividad cultural, el Primer Tianguis de Publicaciones Culturales y Discos, que con el tiempo seria ampliamente conocido como el Tianguis Cultural del Chopo.

 

Angeles Mastretta y  Jorge Pantoja, directora y coordinador de difusión de la institución y la Organización Pro-Música y Arte, organizaron el tianguis y perfilaron los criterios iníciales a partir de una idea de un melómano Antonio Pantoja, acerca de congregar en un espacio a coleccionistas, productores, músicos y publico interesado en las producciones discográficas y hemerograficas descatalogadas, antiguas o de tiraje limitado. En un principio, la propuesta se consideraba un intento para enfrentar al mercado negro creado en torno a los materiales de colección, y convocaba al público en general a establecer un espacio de intercambio informativo y de diversos materiales relacionados con la música. También se ofrecía como un lugar para apoyar el trabajo de las disqueras independientes y la promoción de acetatos y creadores ajenos a la línea comercial imperante.
La importancia del espacio radicaba en lo original y pertinente de su convocatoria, en juntar a la banda dispersa y proponerle un mercado radicalmente diferente, por lo específico de su llamado: el gusto por la música, más allá de cualquier etiquet
a.

 

En el Museo se hablaba de colecciones y sello, de nuevas y viejas producciones, y a la par empezó a desarrollarse un mercado especulativo que a la fecha continua, sobre los denominados discos de colección. Algunos por la serie en que aparecieron, otros por su edición limitada o solo por su belleza. El acetato era la sangre del Chopo. Aparecieron discos de culto: los progresivos europeos, las producciones mexicanas de Focus, los psicodélicos H.P. Lovegraft y Ultimate Spinach; los primeros de Zappa, el Happy Trails de Quicksilver Mesenger Service, el Grape Jam o el Fever Tree, de John Lennon, el Dos vírgenes y el Widding Album. Lso discos piratas norteamericanos y europeos eran de gran valía. El sello de trde mark Quality se reconcio por su impecable factur, al tener grabaciones únicamente en vivo de Neil Young, lo Who, Jeff Beck y los Doors entre otros.

 

Kiss, Aerosmith, Ramones y Sex pistols aun no rifaban. Para el metal y el punk todavía no llegaban los adeptos.
Con el apoyo de los asistente al mercado, el museo organizo una exposición de portadas. La filigrana y el espíritu estético de los sesenta y setenta, colgaron de las paredes por algunas semanas. El tianguis se hacia de su perfil, los rockeros había tomado por asalto las instalaciones de la institución que les dio cobijo.
Sin embargo, diversos problemas ocasionados por la asistencia creciente al tianguis y la molestia que implicaba para el desarrollo de otras actividades del museo su presencia, provocaron que en los primero meses de 1982, las autoridades universitarias decidieran suspender definitivamente su funcionamiento.

 

 

Lo ganado no podía perderse, y el numeroso grupo ya convocado se mudo al enrejado del museo y poco a poco al principio y con una velocidad sorprendente después, el espacio ocupo una calle completa.
La calle no tiene propietario, es de todos, la calle como espacio comunitario, si en el museo se determinaba un área para la realización del mercado, la calle se ofrecía por completo a la colonización. La calle como espacio público y comunal. Sin dirigentes ni normas, la calle llamo a las bandas, a los punketas, a cualquier rockero, a los artesanos, a los músicos callejeros, ahora si, a los metaleros, a los amantes del rock mexicano, pero también de The Clash, de Sid Vicious. Las chamarras negras y las púas, los seguros atravesando los labios, los ojos pintados de negro, los pantalones casi deshechos, las botas y los escupitajos. Cada quien se acomodo donde le gustaba. En poco tiempo las bandas de Santo domingo, Neza y el Molinito le llegaron al chopo. A las revistas Yerba y Piedra rodante se sumaron los Conecte y Sonido. A los discos de progresivo, psicodelia y jazz se aunaron el metal y el punk. Y las chelas hicieron su aparición. Al termino del tianguis, un cementerio de caguamas. En un pestañear se llego a puente de Alvarado. Para los vecinos, el infierno, ¿de donde habían salido tantos muchachos  con vestimentas estrafalarias y actitudes retadoras?, ¿Quién comandaba semejante Babel?. El espacio convocaba por si mismo. A los coleccionistas se sumaron los apodos de el Ganso, el Aguarras, el Pajaro, Chucho punk, el Agnes, el Rolo. Y le llegaron los del Rebel´d Punk de Javier Baviera.

 

La calle era de todos y de nadie. Cualquier intento de organización determinaba de antemano su fracaso. Con una fría en la mano, las discusiones sobre música, cine y literatura; con una fría en la mano la invitación a la tocada vespertina. Janis , Morrison, Hendrix, paradigmas anhelados. Se evocaba la mitica década perdida, Avandaro y los setenta, los deseos secuestrados, Woodstock y el paz y amor. Las rolas punketas soltaban un escupitajo al sistema, el rechazo a la tira gandalla, a la opresión familiar, al gobierno corrupto.
La calle ve surgir al tianguis, del norte del oriente de la ciudad llegan vendedores y la banda. Revistas, botones, camisetas ilustradas a mano, cintas grabadas en casa, carteles, discos golpeadísimos, todo llega, todo se vende o se intercambia.
En la calle, el tianguis estableció su cualidad primordial: la tolerancia de unos a otros. Viejos y nuevos seguidores del rock se paseaban sin problema.
En la calle los juglares urbanos encuentran lugar. La Changa grita contra la represión. En la calle se hicieron los rupestres, en el Chopo encontraron acomodo. El Rockdrigo, Catana, los rupestres rocanrrolearon guitarra en mano, con versos ingeniosos y alegres, cantando de borracheras y amores rotos.